Es innegable que se ha vuelto cada vez más profesional la docencia en Derecho como consecuencia de la relevancia que ha alcanzado el aprendizaje de los estudiantes, y el interés que suscita conocer sus reflexiones sobre el proceso formativo.
Los tiempos en que la clase magistral meramente expositiva de antaño era el uso común, masivo, normalizado y legitimado parecen estar quedando atrás. Hoy existe una amplitud de herramientas docentes que han sido materia de amplios y profundos estudio de diversos autores en relación con la enseñanza del Derecho (García de Enterría, Guasp, Witker, Palma o Elgueta, sólo a modo de referencia).
La práctica de tiempos pasados - o quizás no tanto – produjo una naturalización casi ritualista de la memorización inconmensurable e irreflexiva como vara moral de la excelencia académica ¿El método funcionó? Por cierto que sí, con luces y sombras. Sin embargo, hoy se despliegan métodos más vanguardistas para el aprendizaje jurídico, con el beneficio directo de nuevas herramientas digitales. El progresivo cambio en la modalidad del examen de grado es apenas una muestra superficial de estos nuevos tiempos.
Paralelamente a esta profesionalización del quehacer docente se ha profundizado el riesgo de que el exceso de formalismo apague la creatividad del estudiante y, con ello, su contribución “al desarrollo de la ciencia, la profesión y la función social del abogado”: no pueden desaparecer las cátedras vinculadas a las ciencias sociales - como la sociología o la historia jurídica, sea del Derecho o constitucional -
Los estudios han demostrado, en lo sustantivo, que saber mucho Derecho no es sinónimo de saber generar instancias de aprendizaje, lo que implica una planificación de clases que considere el horario, la identificación del curso, la asistencia, la unidad a enseñar en sentido amplio y específico, los objetivos generales y particulares, la preocupación por la motivación del estudiantado, la presentación misma de la clase, la reacción frente a contingencias, la dinámica de representación entre docente y estudiante, etc. Todo lo cual debe ir acompañado de escuchar a los estudiantes y sus reflexiones sobre el proceso, pero, en serio, no con una encuesta estandarizada que se contesta mecánicamente.
Particulares han sido, en este sentido, los resultados obtenidos en un acotado ejercicio de observación de campo circunscrito a nuevas generaciones de estudiantes de Derecho, en cursos de primer y segundo año, con secciones de aproximadamente 55 a 60 estudiantes en jornada diurna, en las cátedras de Historia del Derecho e Historia Constitucional impartidas por este redactor en la Universidad Central de Chile durante el primer semestre de 2025 y 2026, a estudiantes cuyo rango etario se encuentra entre los 18 y los 21 años aproximadamente, ambas con métodos distintos. En la recolección de estos datos - sin poder omitir el apoyo recibido de los ayudantes del suscrito: Matías Ross, Tomás Crisóstomo y Martina Carrasco - se realizaron encuestas anónimas respecto del tipo de enseñanza mediante la cual el estudiante percibe aprender mejor.
Las respuestas fueron categóricas en señalar que los trabajos grupales, los aportes en clases, los contenidos audiovisuales y la clase magistral trascendente siguen generando un componente de interés importante en el proceso formativo. Más aún: la muestra indicó que la interacción directa entre docente y estudiante para abordar diversos tópicos, incluidos especialmente aquellos de carácter contingente, mantenía una especial motivación del estudiantado y permitía una mejor conexión pedagógica. La formación crítica y social del estudiante, al parecer, se realza así como un componente especialmente relevante en tiempos en que la vorágine social impide muchas veces disponer de un espacio de reflexión profunda sobre el conocimiento, intentando propender de esa manera al objetivo principal de la Universidad.
Al parecer, ese ingrediente no puede ser obviado: en estos tiempos, la metodología de enseñanza del Derecho vuelve del todo relevante observar y preguntar a los estudiantes cuál estiman que es la mejor manera de impartir dicha enseñanza, teniendo la planificación propia como eje orientador, mas no como única forma de formar profesionales. Compatibilizar las herramientas pedagógicas con la recepción estudiantil parece producir, en consecuencia, una enseñanza del Derecho más satisfactoria para todos los actores involucrados. -